27 de oct. de 2008

Recordando el tiempo


Cuando nació Edward, su madre Daisy, tomó una decisión terminante: haría todo lo que estuviera en su mano para darle a su hijo la mejor educación y convertirlo en un hombre digno y ejemplar. Pretendía que se valiese por si mismo y se alejase de los estereotipos racistas que destruían la autoestima de la gente de color en aquel tormentoso fin de siglo.
Su hijo agradeció el esfuerzo y siempre la tuvo cerca como ayuda y apoyo espiritual en las no siempre fáciles vicisitudes por las que tuvo que pasar. Incluso al convertirse en un famoso director de big band la llevo a vivir consigo. En 1935 fallece Daisy Kennedy Ellington y su hijo se derrumbó de dolor.
"Todo ha terminado, ya no tengo ambiciones"
Durante días se encerró en su casa de Nueva York sin querer componer y acompañado unicamente por el alcohol. Pero siguió intentándolo y finalmente compuso una obra radicalmente diferente a las que había escrito hasta entonces.
Duraba 13 minutos, tenía 3 movimientos y ocupaba las dos caras de dos discos.
Reminiscing in Tempo causó un tremendo desconcierto. Para algunos era excesivamente pretenciosa. El mismo John Hammond, gran valedor blanco del jazz y concretamente de la música swing, acusó a Duke de "haber cerrado los ojos a los abusos que había sufrido su raza y su propia clase social" .
Sin embargo, el paso de los años puso cada cosa en su sitio.
Gunther Schuller dijo de ella:
"Nadie había abordado un proyecto tan ambicioso en relación con la composición y la instrumentación jazzística. De hecho, quizás el elemento más destacado de la obra sea la interacción existente entre composición y orquesta (...).
Y aun así lo más destacado de la obra radica en lo maravilloso de su tema musical, su ánimo melancólico y sereno, las armonías sensuales e insinuantes, la delicada calidez de los colores orquestales, convirtiéndola en una memorable pieza musical"
Por su parte el célebre crítico musical británico, Máx Harrison, escribió lo siguiente en 1964:
"El éxito musical de "Reminiscing In Tempo" perdura, y, por fútiles que, en cierto sentido, puedan resultar estas especulaciones, su lugar entre las mejores piezas jamás compuestas por Ellington nos aproxima a la eterna e irresoluble cuestión sobre él como compositor. Como el gran avance que fue, "Reminiscing in Tempo" nos compele a preguntarnos qué habría pasado si hubiera avanzado por el camino en el que se estaba adentrando."

24 de oct. de 2008

El compinche del diablo II


"Yo no creo que el demonio exista. Quizá usted sí crea en su existencia. Acerquemos posiciones: si alguien me convenciera de que hay demonio, apostaría lo que más quiero a que Robert Johnson le conoció personalmente. No por la leyenda, sino por los hechos. La leyenda, muy conocida, dice que Robert Johnson vendió su alma al diablo en el cruce de carreteras de Clarksdale, Misisipi, a cambio de convertirse en el mejor guitarrista del mundo. ¿Los hechos? Casi no hay.
Hay tres lápidas dedicadas a Johnson sobre tres supuestas tumbas. No parece que ninguna sea auténtica.
Robert Johnson pasó por la vida como una sombra. Se desconoce su fecha de nacimiento, se desconoce la causa de su muerte (parece probable un asesinato con veneno), y quienes le trataron le recordaban como alguien fugaz, huidizo, sonriente, carente de amigos, en un continuo viaje. En palabras de Martin Scorsese, uno de sus devotos: "Robert Johnson sólo existió en sus discos, fue pura leyenda".
Muchos biógrafos y musicólogos han trabajado durante años para desenterrar algunos datos. La hermanastra Carrie creía recordar que su madre le había dicho que Robert nació el 8 de mayo de 1911 en Hazlehurst, Misisipi. Es posible, pero no existen registros. Dicen que el padre de Robert abandonó a la familia porque un grupo de terratenientes blancos le perseguía para lincharlo. Sí se sabe que en 1929, con 18 años, se casó con Virginia Travis, y que Virginia murió al año siguiente mientras paría.
El músico de blues Son House trató a Robert Johnson en esa época desgraciada, y le recordaba como un guitarrista pésimo, carente del más mínimo talento. Son House contaba que Robert Johnson desapareció durante unos meses, y que volvió convertido en un maestro supremo de la guitarra. Ahí comenzó la leyenda del diablo, de la que el propio Johnson habló alguna vez. Decía que, en efecto, había vendido su alma. Seis de sus canciones hablaban del diablo.
Investigaciones posteriores indican que House no tardó unos meses, sino casi dos años, en rencontrarse con Johnson. En cualquier caso, Robert Johnson aprendió a tocar, cantar y componer ya adulto y en muy poco tiempo. Atención, no estamos hablando de niveles normales. Hablamos del mejor bluesman de todos los tiempos. Hablamos del compositor de Love in vain. Hablamos de un hombre que sólo dejó dos sesiones de grabación y hoy es considerado uno de los mejores guitarristas de la historia. Cuando los Rolling Stones hicieron una versión de Love in vain para el disco Let it bleed, Keith Richards se negó a interpretarla como blues para no incurrir en sacrilegio.
En noviembre de 1936, Robert Johnson grabó varias canciones en San Antonio (Texas). Entre ellas, Crossroad blues (El blues de la encrucijada). Si la escuchan ("Fui a la encrucijada y caí de rodillas, pedí al Señor, ten piedad, salva, por favor, al pobre Bob") creerán que, en efecto, Johnson sufrió una experiencia terrible en un cruce de caminos, porque en su voz se percibe un terror absoluto. Parece verosímil, y menos sobrenatural, que en una encrucijada hubiera corrido un serio peligro de linchamiento. Al año siguiente, en Dallas (Texas), grabó otro puñado de canciones. Una de ellas era Love in vain, maravillosa, inmensamente triste.
Robert Johnson murió el 16 de agosto de 1938, a los 27 años, en un cruce de caminos, cerca de Greenwood (Misisipi). Todo hace pensar que fue envenenado. El músico Sonny Boy Williamson, que tocaba con él aquellos días, explicó que alguien puso estricnina en el whisky de Johnson por un lío de faldas. Hay tres lápidas en Greenwood dedicadas a Robert Johnson, sobre tres supuestas tumbas. No parece que ninguna sea auténtica. Se cree (al menos lo cree Sony, que edita sus grabaciones) que el guitarrista fue enterrado bajo un árbol, sin lápida ni cruz, al lado del cruce de caminos.
En su canción Yo y el diablo, Robert Johnson decía: "Enterrad mi cuerpo junto a la carretera, para que mi viejo y malvado espíritu pueda subirse a un autobús de la Greyhound y viajar".
El cruce de las carreteras 61 y 49 en Clarksdale (Misisipi), donde se supone que el diablo afinó la guitarra de Johnson, se ha convertido en lugar de peregrinación.
En 1973 se descubrieron dos fotografías de Robert Johnson, en poder de su hermanastra Carrie. Una de ellas ilustra este artículo. Eso y unas pocas grabaciones es todo lo que hay. El resto es leyenda diabólica."


La guitarra que afinó el diablo
Enric González (El País - 19/10/2008)

Entrada anterior sobre el mismo tema : El compinche del diablo

20 de oct. de 2008

El alfa y omega de Huddie Leadbelly



Cuando Huddie Ledbetter, conocido como Leadbelly, consiguió la libertad en 1934 gracias a las gestiones de los hermanos Lomax, ya llevaba en la cárcel siete años de los treinta a los que fuera condenado acusado de haber matado a un hombre con su pistola.
Huddie había sido siempre un tipo turbulento y apasionado; amaba el peligro y a pesar de sus enormes cualidades artísticas, desde muy joven estuvo metido en toda clase de conflictos. Tocaba a la perfección la armónica, la guitarra y el acordeón y cantaba con una voz poderosa que causaba asombro entre sus oyentes; por ejemplo, cuando lo contrataban para cantar a la puerta de los almacenes elogiando las cualidades de los productos expuestos.
Su gran maestro y mentor, fue Blind Lemon Jefferson. El músico ciego, pionero del blues rural, enseñó a Leadbelly todo lo que sabía de música e incluso cual era la mejor manera de buscarse la vida como cantante errabundo. Sin embargo, el tormentoso caracter de Huddie
no era el más adecuado para asegurarle una vida respetable y ordenada. Ingresó en prisión en repetidas ocasiones y tras su última condena, ya sobrepasaba los cuarenta años, parecía que su destino estaba sellado. Los hermanos Lomax llevaban cierto tiempo empeñados en su tarea de descubrir las fuentes de la música afroamericana y su encuentro con Leadbelly fue determinante en sus investigaciones. Para Huddie el encuentro, le supuso la posibilidad de salir a la calle y reiniciar una nueva vida en las antípodas de la que había llevado hasta entonces. Los Lomax lo contrataron como chófer y mientras les ayudaba en sus búsquedas, reinició su carrera como cantante. Ahora su público era otro y sus recitales se celebraban en universidades, prisiones, sindicatos y en círculos de la intelectualidad progresista. Más tarde, se separó de los hermanos y se instaló en Nueva York, consiguiendo cierta notoriedad trabajando en clubs, emisoras de radio y grabando discos con los grandes cantantes folk del momento. También hizo giras por California y fue el primer músico de blues que visitó Europa. Murió en 1949.
Sus grandes éxitos fueron entre otros: Midnight Special , House of the Rising Sun , (temas mil veces versionados por las grandes figuras del pop) y por encima de todas Goodnight Irene canción, que según la leyenda, emocionó tanto al gobernador de Louisiana, que fue la causante de la decisión de amnistiar a Leadbelly de su condena por homicidio.

17 de oct. de 2008

Capitán Thelonious


"En Ginebra de día está la oficina de las Naciones Unidas, pero de noche hay que vivir y entonces de golpe un afiche en todas partes con noticias de Thelonious Monk y Charles Rouse, es fácil comprender la carrera al Victoria May para fila cinco al centro, los tragos propiciatorios en el bar de la esquina, las hormigas de la alegría, las veintiuna que son interminablemente las diecinueve y treinta, las veinte, las veinte y cuatro, el tercer whisky, Claude Tarnaud que propone una fondue, su mujer y la mía que se miran consternadas pero después se comen la mayor parte, especialmente el final que siempre es lo mejor de la fondue, el vino blanco que agita sus patitas en las copas, el mundo a la espalda y Thelonious semejante al cometa que exactamente dentro de cinco minutos se llevará un pedazo de la tierra como en Héctor Servadac, en todo caso un pedazo de Ginebra con la estatua de Calvino y los cronómetros de Vacheron & Constantin.
Ahora se apagan las luces, nos miramos todavía con ese ligero temblor de despedida que nos gana siempre al empezar un concierto (cruzaremos un río, habrá otro tiempo, el óbolo está listo) y ya el contrabajo levanta su instrumento y lo sondea, brevemente la escobilla recorre el aire del timbal como un escalofrío, y desde el fondo, un oso con un birrete entre turco y solideo se encamina hacia el piano poniendo un pie delante de otro con un cuidado que hace pensar en minas abandonadas o en esos cultivos de flores de los déspotas sasánidas en que cada flor hollada era una lenta muerte de jardinero. Cuando Thelonious se sienta al piano toda la sala se sienta con él y produce un murmullo colectivo del tamaño exacto del alivio, porque el recorrido tangencial de Thelonious por el escenario tiene algo de riesgoso cabotaje fenicio con probables varamientos en las sirtes, y cuando la nave de oscura miel y barbado capitán llega a puerto, la recibe el muelle masónico del Victoria May con un suspiro como de alas apaciguadas, de tajamares cumplidos. Entonces es Pannonica, o Blue Monk, tres sombras como espigas rodean al oso investigando las colmenas del teclado, las burdas zarpas bondadosas yendo y viniendo entre abejas desconcertadas y hexágonos de sonido, ha pasado apenas un minuto y ya estamos en la noche fuera del tiempo, la noche primitiva y delicada de Thelonious Monk.
Pero eso no se explica: A rose is a rose is a rose. Se está en una tregua, hay intercesor, quizá en alguna esfera nos redimen. Y luego, cuando Charles Rouse da una paso hacia el micrófono y su saxo dibuja imperiosamente las razones por las que está ahí, Thelonious deja caer las manos, escucha un instante, posa todavía un leve acorde con la izquierda, y el oso se levanta hamacándose, harto de miel o buscando musgo propicio a la modorra, saliéndose del taburete se apoya en el borde del piano marcando el ritmo con un zapato y el birrete, los dedos van resbalando por el piano, primero al borde mismo del teclado donde podría haber un cenicero y una cerveza pero no hay más que Steinway & Sons, y luego inician imperceptiblemente un safari de dedos por el borde de la caja del piano mientras el oso se hamaca cadencioso porque Rouse y el contrabajo y el percusionista están enredados en el misterio mismo de su trinidad y Thelonious viaja vertiginosamente sin moverse, pasando de centímetro en centímetro rumbo a la cola del piano a la que no se llegará, se sabe que no llegará porque para llegar le haría más tiempo que a Phileas Fogg, más trineos de vela, rápidos de miel de abeto, elefantes y trenes endurecidos por la velocidad para salvar el abismo de un puente roto, de manera que Thelonious viaja a su manera, apoyándose en un pie y luego en otro sin salirse del lugar, cabeceando en el puente de su Pequod varado en un teatro, y cada tanto moviendo los dedos para ganar un centímetro o mil millas, quedándose otra vez quieto y como precavido, tomando la altura con un sextante de humo y renunciando a seguir adelante y llegar al extremo de la caja del piano, hasta que la mano abandona el borde, el oso gira paulatino y todo podría ocurrir en ese instante en que le falta el apoyo, en que flota como un alción sobre el ritmo donde Charles Rouse está echando las últimas vehementes largas pinceladas de violeta y de rojo, el oso se balancea amablemente y regresa nube a nube hacia el teclado, lo mira como por primera vez, pasea por el aire los dedos indecisos, los deja caer y estamos salvados, hay Thelonious capitán, hay rumbo por un rato, y el gesto de Rouse al retroceder mientras desprende el saxo del soporte tiene algo de entrega de poderes, de legado que devuelve al Dogo las llaves de la serenísima.
(Julio Cortázar. La vuelta al día en ochenta mundos - 1967)


13 de oct. de 2008

La espuma de los días





" Bebe -dijo Colin.
Bebieron los dos. El resplandor quedaba adherido a sus labios. Colin volvió a encender las luces. Parecía dudar si quedarse de pie.
-Una vez al año no hace daño -dijo-. Creo que podríamos terminarnos la botella.
-¿Y si cortáramos la tarta? -dijo Chick.
Colin cogió un cuchillo de plata y se puso a trazar una espiral sobre la blancura pulida de la tarta. De repente, se detuvo y miró su obra con sorpresa.
Voy a probar una cosa -dijo.
Tomó una hoja de acebo del ramo de la mesa y, con una mano, asió la tarta. Haciéndola girar rápidamente sobre la punta del dedo, colocó, con la otra mano, una de las puntas del acebo en la espiral.
-¡Escucha!... -dijo.
Chick escuchó. Era la canción Chloé en la versión arreglada por Duke Ellington.
Chick miró a Colin. Estaba tremendamente pálido. Chick le quitó el cuchillo de la mano y lo hincó con ademán firme en la tarta. La cortó en dos y, dentro de la tarta, vieron que había un nuevo artículo de Partre para Chick y una cita con Chloé para Colin. "


(BORIS VIAN - La espuma de los días - 1947)

10 de oct. de 2008

El compinche del diablo


Tenía que ser así. El diablo renovó su leyenda comercial en pleno siglo XX escogiendo a una de aquellas sombras que vagaban en los austeros paisajes de la Gran Depresión.
Aquel “pobre diablo” encontró a su Satánica Majestad en un cruce de caminos del Delta de Misisipi y vendió su alma por un poco de blues.
Se llamaba Robert Johnson y era hijo de madre soltera, nieto de esclavos y negro pobre en el más pobre de los estados. Se buscaba la vida tocando la guitarra y tuvo la ocasión de conocer a alguno de los grandes mitos del blues rural -Son House, Charley Patton, etc.- en su lugar de residencia, Robinsonville. Ellos no le tenían en gran consideración: era joven, inexperto y prefería las aventuras amorosas a cantar y tocar con su vieja guitarra Gibson. Cuando decidió sentar la cabeza tuvo auténtica mala suerte ya que su esposa embarazada murió en el parto junto con el crío que esperaba. Fue un gran golpe en su vida que le convirtió en un trotamundos en busca de nuevos horizontes musicales. Su segunda esposa tenía algo de dinero y pudo ofrecerle el apoyo económico que necesitaba para hacerse profesional del blues.
Cuando volvió a Robisonville era otro hombre. Tocaba como los ángeles y cantaba canciones desgarradoras sobre los caprichos de la suerte, los desengaños amosoros y sobre algún que otro encuentro diabólico. El sabía alimentar su leyenda: su mirada perdida en el escenario –tenía una catarata en el ojo izquierdo-, sus rápidas desapariciones tras cada actuación, su voluntario distanciamiento de la gente. Sin embargo, también se estaba convirtiendo en un tipo prematuramente alcohólizado, suspicaz y desagradable.
Solo realizó dos sesiones de grabación. Una en un hotel de San Antonio en 1936 y otra en un almacén de Dallas en 1937. 29 temas -algunas tan grandes como Love in Vain, Cross Road Blues, Sweet Home Chicago- y un único éxito en vida Terraplane Blues.
Sus aventuras amorosas y su pasión alcohólica le llevaron a la muerte. Un marido despechado le envío una botella de whisky aderezada con estricnina. Tenía 27 años, es decir, fue un pionero del "Club 27" antes de Jimmi Hendrix -buen discípulo suyo-, Janis Joplin, Jim Morrison o Kurt Cobain.



6 de oct. de 2008

Una vida por una canción


Era agosto del año 1962 y cuenta la leyenda que después de una interminable noche de música y copas, los dos amigos decidieron salir a la luz de la mañana e ir a tomarse unas cervezas a su chringuito habitual: el Bar Veloso. De repente alguien pasó junto a aquella terraza. Vinicius lo comentó así:
“Desde nuestro puesto de observación en el Veloso, secando nuestra cervecita, Tom Jobim y yo enmudecíamos ante su llegada maravillosa. El aire se ponía más volátil como para facilitarle el divino balanceo de su andar. Y así iba ella, toda linda, la garota de Ipanema, desarrollando en su recorrido la geometría espacial de su balanceo casi samba, y cuya fórmula se le habría escapado al propio Einstein; sería necesario un Antonio Carlos Jobim para pedir en el piano, en gran y religiosa intimidad, la revelación de su secreto”
Luego el mismo Vinicius comentaría, con su habitual estilo alambicado, en un libro titulado: Revelação: a verdadeira Garota de Ipanema:
“ Ella es el paradigma del tipo carioca; una mujer dorada, mezcla de flor y sirena, llena de luz y de gracia pero cuya visión es también triste, pues lleva consigo, camino del mar, el sentimiento de lo que pasa, la belleza que no es nuestra — es un don de la vida en su lindo y melancólico fluir y refluir constante."
Heloísa Eneida Menezes Paes llamada Heló Pinheiro era una chica bien -tenía 18 años en 1962- y vivía muy cerca del bar Veloso. Dos años después se enteró que era la musa del famosísimo tema e edificó su vida alrededor de él. Hizo padrino de su boda al propio Jobim y se convirtió en modelo, actriz y empresaria. En esta última faceta tuvo un célebre proceso judicial cuando los descendientes de Vinicius y Jobim le acusaron de haber puesto ilegalmente el nombre "Garota de Ipanema" a su tienda y marca de ropa. Ella alegó que sin ella, la canción nunca hubiera existido. Al final consiguió ganar el pleito.
La letra de la canción sufrió cambios muy importantes desde su primera escritura. La primera versión de Vinicius, cuando aún llevaba el título Menina que passa, empezaba así:

Vinha cansado de tudo

De tantos caminhos
Tão sem poesia
Tão sem passarinhos
Com medo da vida
Com medo de amar

Quando na tarde vazia
Tão linda no espaço
Eu vi a menina
Que vinha num passo
Cheio de balanço
Caminho do mar

2 de oct. de 2008

Pon "Misty" para mí


Erroll Garner, aquel extraordinario pianista del que siempre se repite que tocaba de oído ya que nunca estuvo interesado en aprender música, grabó por primera vez este tema en el año 1954 y lo convirtió en un estándar del jazz. Desde entonces, cientos de grabaciones constatan la perenne actualidad de esta joya musical.

En el año 1971, Clint Eastwood dirigió una película titulada Play Misty for me (Escalofrío en la noche) en el que interpretaba a un locutor musical sometido al acoso de una oyente enloquecida que le solicitaba una y otra vez que emitiese el tema en su programa.

Misty (Erroll Garner/Johnny Burke)

Look at me, I'm as helpless as a kitten up a tree;
And I feel like I'm clingin' to a cloud,
I can t understand
I get misty, just holding your hand.
Walk my way,
And a thousand violins begin to play,
Or it might be the sound of your hello,
That music I hear,
I get misty, the moment youre near.
Cant you see that youre leading me on?
And its just what I want you to do,
Dont you notice how hopelessly Im lost
Thats why Im following you.
On my own,
When I wander through this wonderland alone,
Never knowing my right foot from my left
My hat from my glove
Im too misty, and too much in love.
Too misty,
And too much
In love.....



Discover Erroll Garner!

Neboeiro de etiquetas