27 feb. 2011

Abe, creador

El viernes pasado tuve la oportunidad de acercarme a Abe Rábade para que me firmase un ejemplar de su último disco, Zigurat. Abe es una persona cordial y sumamente afable. Te estrecha la mano con fuerza y se siente agradecido de que la gente se interese por su música. Tanto su madre como su padre son dos escritores gallegos de reconocido prestigio y su hijo ha heredado su mismo gusto por nuestro idioma que él pronuncia con un acento hermoso, bien timbrado, exacto. Tal cual suena Rábade cuando se pone detrás de un piano.


El viernes a Abe se le veía feliz. Había estado tocando durante una semana con su trío en el Café Central de Madrid y se notaba que se sentía enriquecido por la experiencia de tocar todos los días con su grupo actual: Pablo Martín Caminero al contrabajo y el portugués Bruno Pedroso a la batería. Lo que debería ser habitual, lo que fue habitual en otro tiempo y permitió que el jazz llegara a donde llegó, es decir, el contacto diario de los músicos entre sí y con el público que va a verlo, es algo que se ha convertido en excepcional y raro. Los músicos tienen pocos conciertos  -en su mayor parte centrados en la temporada de festivales- dedicando el resto del tiempo a otras actividades: la enseñanza, acompañamientos a otros artistas o esporádicas sesiones de grabación en estudio.

Abe es un creador de música, no un mero intérprete de jazz -en su último disco solo una pieza no es de su cosecha- y necesita que sus temas circulen, se desgasten, se reciclen y que incluso acaben convirtiéndose en otra cosa. Por eso precisa de las actuaciones en directo.


Zigurat es el séptimo álbum de Abe Rábade como líder y es un disco brillante y hermoso donde al lado de temas "jarretianos" como el anterior, hay otros de un lirismo excepcional. Entre ellos un tormentoso y complejo Xiket, como homenaje al gran saxofonista valenciano Jesús "Xiket" Santandreu.


En su página web o a través del Spotify podéis seguir escuchando los temas del último disco de este creador extraordinario. 

20 feb. 2011

Todo me sucede a mí

Si tengo cita para jugar al golf, puedes apostar tu vida a que llueve.
Doy una fiesta, y se queja el tipo de arriba.
Creo que voy por la vida cogiendo resfriados y perdiendo trenes.
Todo me pasa a mí.
Nunca me pierdo nada. He tenido el sarampión y las paperas.
Y cada vez que juego un as, mi pareja es quien triunfa.
Creo que sólo soy un tonto, que nunca miro antes de saltar.
Todo me pasa a mí.
Al principio, mi corazón me decía que podría romper este maleficio.
Que el amor daría fin a la farsa y terminaría la desesperación.
Pero ahora no puedo engañar a esta cabeza que piensa para mí.
He hipotecado todos mis castillos en el aire.
He telegrafiado, telefoneado e incluso he enviado un correo aéreo especial.
Tu respuesta fue un adiós y luego tuve que pagar los gastos de envío.
Me enamoré una sola vez, y tenía que ser de ti.
Todo me pasa a mí.
Se dice que Frank Sinatra subió a los altares musicales cuando actuó en medio del delirio de sus fans el 30 de diciembre de 1943 en el Teatro Paramount de Nueva York. Un año antes era vocalista en la orquesta de Tommy Dorsey y ya era considerado el cantante más importante del momento.  Tommy Dorsey, un tipo implacable y con un enorme olfato comercial, sabía la perla que le  había arrebatado a Harry James en 1940 y puso alrededor del músico de Hoboken todo aquellos elementos  que resaltase las enormes cualidades del cantante. Matt Dennis era uno de ellos y se convirtió en el  compositor de referencia en las primeras grabaciones de Sinatra y Dorsey en febrero de 1941. El primer tema de aquel disco tenía letra de un periodista y poeta aficionado de la costa Oeste, Tom Adair. Una balada triste y autocompasiva en primera persona sobre un individuo que vive instalado en la mala suerte pero que sabe reírse de si mismo.


La primera versión instrumental relevante de este tema pertenece a un álbum que más que un disco parece una blasfemia para muchos que tienen a Charlie Parker como un Mesias de la nueva música. Charlie Parker with Strings, un disco de 1949 que alguna vez habrá que empezar a mirar sin tantos ridículos prejuicios.


¿Por qué un músico como Thelonious Monk tan reacio a tocar composiciones de otros, con la excepción de su idolatrado Duke Ellington, interpreta esta sencilla balada en su segundo álbum en solitario? Se trata de una actuación en directo, en la sala Fugazi de San Francisco. Monk en ese 1959 está en la cumbre de su popularidad gracias en parte al trabajo de  productor de Riverside Records, Orrin Keepnews, que lo ha proyectado a la fama. Vende discos y puede actuar libremente en Nueva York,  después de la retirada de su carnet de trabajo durante gran parte de los 50, hasta el punto de que las salas pelean por contratarlo. Hasta la revista  Downbeat, que siempre lo ha ignorado, lo considera el mejor músico del momento en el año 1958. Esta es la versión balbuceante, profunda y casi desgarradora que ofrece el maestro de Everything happens to me. Un tema nacido para ser interpretado por un cantante nos llega a la médula en una versión instrumental. Eso sí que es prodigioso.


Pero no podemos prescindir de la voz cuando se agarra al tema como si fuera su propia piel. Frank Sinatra no dejaba de ser el poderoso, seguro y contundente Frank Sinatra cuando cantaba este tema. Chet Baker, en cambio, se instala en él y lo llena de su propia fragilidad existencial. Cuando oímos a Chet, cantando o tocando su trompeta, nos da la sensación de que es un equilibrista que se juega el tipo en cada paso - a veces torpe- que da sobre el alambre. Pocos temas reflejan tan bien esta inestabilidad dolorosamente bella como su versión más conocida del tema, para mí la definitiva.

10 feb. 2011

Swing Heil!


Veinte años antes de que el rock entrase en Alemania a través de Hamburgo, ciudad portuaria y abierta a los mil vientos que recorren el mundo; veinte años antes, por tanto, de que el más famoso grupo del pop mundial forjase su identidad en el viejo barrio de St. Pauli; un grupo de valerosos muchachos, los Swingjugend, intentaba vivir y disfrutar de la música con la que se identificaban aún a costa de jugarse el pellejo. No era un fenómeno local de la ciudad hanseática aunque allí alcanzó enorme transcendencia, en todas las grandes ciudades alemanas grupos de jóvenes aparentemente hedonistas desafiaban al terror nazi a través de sus ropas holgadas al estilo británico, sus inseparables paraguas negros, sus pelos largos cubiertos de brillantina y su infinito amor por la música swing.


Son imágenes de "Los rebeldes de swing" (Swing Kids) película norteamericana dirigida por Thomas Carter en 1993 que refleja aquel ambiente libertario enfrentado a la intolerancia fanática del régimen nazi. Durante todo el Tercer Reich la propaganda insistió en su rechazo a aquella música negra promocionada por capitalistas judíos que despertaba los instintos más primarios y lascivos gracias a ritmos africanos que amenazaban con enturbiar la salud física, moral y espiritual de la juventud aria. Un fracaso en toda regla, incluso en plena Guerra Mundial, que obligó al nazismo a hacer mil piruetas para reconducir la situación desde la pura represión- centenares de chicos swing terminaron en campos de concentración- hasta la creación de orquestas que reconvirtieran las letras de los temas  más populares del swing dándoles un contenido antialiado, racista y pronazi. Este es el caso de Charlie and His Orchestra que en 1939 interpreta de esta manera el célebre St. Louis Blues.


Una moda que habiendo nacido por pura emulación de lo que ocurría en el resto del mundo occidental -en Francia a los jóvenes que estaban en la misma onda se les llamaba zazús- es duramente reprimida por las autoridades lo cual provoca un movimiento de reacción que sorprende a un régimen que necesita una juventud sumisa, uniforme y entregada a la causa.


Muchos de aquellos muchachos que solo querían divertirse se convirtieron en  parte del movimiento de resistencia civil al nazismo. Tenían sus redes clandestinas para conseguir discos, ropa, maquillaje o para poder bailar la música que les gustaba en ambientes no controlados. Sus casas estaban repletas de elementos identificativos de los grandes ídolos del swing, en especial de aquellos que por su condición racial o étnica estaban especialmente mal vistos por los nazis: Benny Goodman o Artie Shaw por ser judíos, Django Reinhardt por ser gitano, Louis Armstrong, Duke Ellington etc.. por ser negros. 
Aunque las preferencias de estos jóvenes iban más bien hacia los grandes jazzmen americanos, en Alemania había también grandes orquestas consagradas al género. Quizás la más sobresaliente de todas fuera la dirigida por Kurt Widmann en Berlín que sobrevivió hasta bien entrada la guerra y siguió teniendo una enorme popularidad cuando se reconstruyó tras el final del régimen. Este es quizás su mayor éxito, en plena época nazi.


  En la escena final de Los Rebeldes del SwingPeter Müller el personaje principal es capturado y llevado en un camión por la Gestapo y su hermano pequeño corre detrás del vehículo mientras se animan con el grito Swing Heil, el lema que tomaron como propio los
Swingjugend remedando el saludo oficial Sieg Heil. Una forma de proclamar bien alto que aunque lo repriman, el swing y todo lo que le envuelve, seguirá viviendo en las siguientes generaciones.

3 feb. 2011

Flamingo

En el mundo de las palabras algunas nacen bendecidas desde la cuna. Pongamos el caso de la expresión inglesa Flamingo que como sabéis designa a una hermosa ave zancuda. Una palabra bella que sirve para designar entre otras a una ciudad en Florida, a un supervillano enemigo de Batman o a un Capitán infantil defensor de las buenas causas en dibujos animados. También es un legendario casino y hotel en Las Vegas donde el rey Elvis rodó esta escena:

 

En el campo musical, que es lo propio en este blog, hay que remontarse al año 1940 e imaginarse a un joven rumano ansioso por entregarle una partitura al gran Duke Ellington que actúa esa noche en Filadelfia. Casualmente el cantante Herb Jeffries pasa por allí y Ted Grouya, en su balbuciente inglés, logra entregarle el tema que ha escrito. Herb se lo guarda en el bolsillo y se lo enseña a Billy Strayhorn que lo toca en el piano del camerino. Duke está por allí, lo escucha y le pide a Edmund Anderson que haga algunas variación a la letra antes de grabarla a finales de ese mismo año. Será el gran hit de la orquesta en 1941, pero el novel compositor se sintió molesto por los cambios efectuados en su composición. Solo el éxito alcanzado logrará aplacarle. 
Flamingo es uno de los temas favoritos de Ellington que lo consideró clave en la renovación de la antes acaramelada orquestación de los temas vocales.

 

El fenomenal y rumboso saxo alto  Earl Bostic, al que John Coltrane consideraba su maestro, renovó la popularidad del tema llevándola al número 1 de las listas de rhythm and blues en 1951.


The Flamingos fue uno de los más excitantes grupos de Doo wop -o Dudúa como prefiráis-  en la segunda mitad de la década de los 50. El conjunto obtuvo su máxima popularidad en 1959 con un viejo tema  que el actor Dick Powell ya había cantado en un film de 1934 y que con posterioridad fuera interpretado por gente de la talla de Al JolsonPeggy Lee o Doris Day. Es indudable que la versión de The Flamingos, siendo más tardía, ha quedado como la más clásica de I Only Have Eyes for You.


Entre los más ilustres representantes de lo que se denominó la "invasión británica" ocupa un lugar especial el grupo de un teclista de jazz huido de su Sudáfrica natal en desacuerdo con la política del apartheid. En el Reino Unido formó un dúo con Mike Hugh que luego se convertiría en un grupo que terminó llevando su propio nombre, Manfred Mann. En sus años pop, luego volvería al jazz, tuvo un éxito extraordinario con la canción de una bella mujer al que todos los chicos del barrio comparaban por su belleza con un bonito flamenco.

Neboeiro de etiquetas