28 nov. 2012

The Biggest Little Band in the Land


Estoy viendo, en sucesivos capítulos -son 12 DVD's- una magnífica serie documental italiana titulada “La Grande Storia del Jazz" donde se hace un repaso, desde mi punto de vista muy atractivo a la historia de este género musical. En el capítulo 7 se aborda la crisis del swing en los años 40 y los antecedentes del bebop. Para los autores del documental uno de los pioneros del jazz moderno es el contrabajista John Kirby y el grupo que formó en 1937 alrededor del Club Onyx en la  entonces bulliciosa calle 52 de Nueva York. Aquel grupo que nunca tuvo un nombre estable pero que eran conocidos como los  Onyx Boys o como The Biggest Little Band in the Land era un sexteto formado originalmente por Billy Kyle al piano, O'Neill Spencer a la batería, Charlie Shavers a la trompeta, Russell Procope al saxo alto, Buster Bailey al clarinete y el propio  John Kirby, al contrabajo. Las circunstancias bélicas hicieron que Bailey y Kyle abandonaran la banda y tanto la muerte temprana de O'Neill Spencer en 1944,  como los problemas de salud del propio Kirby impidieron que aquel sexteto tuviera proyección después de la guerra. Hay pocas imágenes de aquel legendario grupo. Las que vienen a continuación aparecen en la película Sepia Cinderella (1947). Aquí  Russell Procope es sustituido por Charlie Holmes y en la batería está el fenomenal Big Sid Catlett
Un grupo de swing que suena como un grupo de cámara. Forjado gracias a golpes de arreglos suntuosos e improvisaciones mínimas. Una especie de Modern Jazz Quartet en la que cualquier melodía era susceptible de ser reconvertida en algo distinto. Desde temas musicales del momento a fragmentos reconocibles de música clásica. No hay perfección en la música de este grupo pero si belleza y creatividad.  A veces muy al estilo de lo que por las mismas fechas realizaba el inventivo Raymond Scott y su Quintette. Seguro que este "Bounce of the Sugar Plum Fairy" les traerá buenos recuerdos a los aficionados a los videojuegos. Para terminar, dos ráfagas cinematográficas más. El grupo tocando en una especie de jam session familiar y una escena de baile alrededor de una de sus piezas más célebres: Close Shave.

19 nov. 2012

Sinfonía en negro alquitrán (Cancionero del Prestige)

Se hace difícil conmemorar una tragedia. Hoy, 19 de noviembre, se cumplen 10 años de la catastrofe del Prestige y a falta de otras armas de los que echar mano -en determinados temas me gustaría tenerlas- he decido usar mis dos blogs de forma combinada para recordar lo que vivimos en aquellos terribles días. 
En el Círculo de los Suicidas Perezosos,  la entrada, Estercolero de sueños, se personaliza en la figura de Man, el artista eremita de Camelle cuya muerte se ha convertido en símbolo, algo que él odiaría,  de aquella debacle. 
Aquí, en Sinfonía Azul, he puesto temas musicales que se crearon a raíz de aquel naufragio. Hay muchos, quizás lleguen o se acerquen a la cuarentena. Incluso en el 2003 se publicó un disco entero  conmemorativo titulado Marea de música con 24 temas realizados por algunos de los músicos y cantantes gallegos más conocidos y relevantes.  

Entre la gente no gallega que ha tomado el  asunto del Prestige como texto o pretexto hay artistas como La Fuga, Mago de Oz, Victor Manuel, Amaral, Albertucho, Rafael Amor, La Pegatina, el grupo mexicano Vantroi o el mismísimo Alejandro Sanz. (En este enlace podéis ver algunas piezas).
De toda esa "marea de canciones", si tuviera que elegir una, me quedaría con la que el cantautor catalán Joan Isaac le dedicó al personaje que protagoniza mi entrada en el Círculo de los Suicidas Perezosos. Allí he dejado letra y vídeo de su bella canción. 
En el terreno del jazz, el pianista gallego Abe Rábade dedicó al Prestige una de sus composiciones en su disco en septeto Open Doors del 2007. Le acompañan algunas de las figuras más señeras del jazz ibérico: Perico Sambeat (saxo alto), Jesús Santandreu (saxo tenor),Nelson Cascais (contrabajo) y su inseparable Bruno Pedroso , más dos músicos norteamericanos invitados pero con larga trayectoria en este país: Chris Kase (trompeta y fiscorno) y  Alan Ferber (trombón).  

Para terminar este corto repaso, el grupo folk Luar na Lubre es el responsable de varios temas relacionados de forma directa o indirecta con el desastre. Me quedo con éste.
¿Nunca máis? Ojalá, pero uno tiene sus dudas.

9 nov. 2012

Hazme feliz con tu música

Me gusta la música, pero tengo un problema con ella: no quiero que me haga más sabio, prefiero que me haga más feliz.
 
“Una extraña palabra ha aparecido en el mundo de la música popular y se está poniendo de moda. Se trata de la palabra jazz, usada principalmente como un adjetivo descriptivo de una banda. El grupo, que toca para bailar, está compuesto por negros que parece que están infectados por un virus que se contagian los unos a los otros. Ellos se mueven, saltan y se retuercen de modo y manera que parece sugerir una vuelta a las maneras medievales” 
(The New York Sun - 1917)
La venerable cita del vetusto periódico neoyorquino cargada de prejuicios racistas y de atrabiliaria moralidad victoriana quizá no haya perdido del todo actualidad. Estamos en el 2012 y han pasado miles de cosas desde aquellas postrimerías de la Primera Guerra Mundial, pero a mi forma de entender, seguimos estableciendo una barrera inconsciente entre música respetable y música que no lo es.  
Lo más curioso del caso es que ocurre en el territorio donde menos podría esperarse. En el mismo territorio donde los bienpensantes cuidadanos de raza blanca consideraban que residía una ominosa sucursal del infierno: en el jazz.
La historia del jazz es como la clásica historia del hombre hecho a si mismo. Esos casos que todos conocemos o de los que hemos oído hablar: el conserje que llega a presidente de un banco, el vendedor de periódicos que llega a presidente americano o el chico de recados de la tienda que se convierte en el dueño del mayor emporio textil del planeta. Desde los lupanares de Basin Street animando al sexo a los clientes, pasando por los locales de lujo hortera propiedad de los gangs de Nueva York y Chicago, luego por los tugurios de la calle 42 hasta convertirse hoy en música de conservatorios elitistas y de grandes salas de conciertos.  
La búsqueda de la respetabilidad prevaleció, por ejemplo, cuando aquellos jóvenes leones del bebop se refugiaban en los garitos de Harlem para quitarse el traje de etiqueta de la big band  y tocar la música que les venía de dentro. Si el swing era baile, ellos rechazaban -al menos al principio- el baile. Si el swing era alegría, quizás estereotipada alegría, ellos necesitaban algo más serio, más profundo y la alegría nunca suena profunda.
Desde entonces hasta ahora, un tiempo el actual en que muchos asisten con el mismo tono reverencial a un concierto de jazz como a una exposición de pintura impresionista o a una sonata de Penderecki.
Toda esta perorata viene a cuento de que estos días he asistido a dos conciertos de jazz. 
El primero estaba protagonizado por el cuarteto actual del Wayne Shorter que como sabéis muchos, está formado por un elenco de estrellas: Danilo Pérez, John Patitucci y Brain Blade. Un grupo excelente y aunque Shorter, a sus 79 años, ya no es lo que era, aún tiene técnica suficiente como para encandilar a un público previamente encandilado ante la posibilidad de poderle ver en directo. Un clásico concierto de all stars en una ciudad no excesivamente importante lo cual suele traducirse en cierta desgana. En este caso, la música sonaba fría -no confundir con cool-, los temas eran largos y sinuosos e importaba más las destrezas improvisatorias de cada músico que la continuidad de una línea melódica. Era una especie de carrera de relevos donde los breaks se iban sucediendo instrumentista a instrumentista, mientras el protagonista principal en el escenario reducía al máximo el fraseo en beneficio de la potencia de sus dos saxos en los que, sin duda, sigue siendo un maestro. No estoy hablando de un concierto malo,  me refiero a un concierto de gente que conociendo el territorio en que se mueven, se esfuerzan solo lo suficiente como para conseguir unos mínimos resultados. Ni una nota más.
 
Al día siguiente, en otro marco, actuó Kenny Garrett con su grupo actual donde no habiendo un elenco de estrellas con las que repartir juego, suena todo -según mi punto de vista- más compacto y con más sentido. Garrett, como Shorter, toca el saxo en dos versiones -soprano y alto-  y se acompaña por la habitual sección ritmica, más un excelente percusionista, Rudy Bird. Su música es intensa, caliente, saturada de toques latinos. Poderosa y radicalmente alegre. Funkie de cabo a rabo. 
Al salir del concierto de Shorter y su maravilloso grupo de rutilantes estrellas me sentí un poco más sabio. Al salir del concierto de Garrett me sentí mucho más feliz. 
Claro, también es cierto que Kenny nos tuvo 15 minutos palmeando y bailando con este tema que bautizó en el 2002 con un título de lo más apropiado: Happy People.
Aqui os dejo la segunda parte ya que todavía no ha acabado. Seguro que podría seguir ininterrumpidamente. Ojalá esa plenitud que todos anhelamos fuera semejante a esta música feliz.

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