25 feb. 2013

Cuando el diablo te susurra un blues

Muchos piensan que las querencias del blues con el Maligno, se gestaron en aquella famosa encrucijada donde Robert Johnson vendió su alma a cambio de convertirse en la más portentosa leyenda de lo que desde entonces se llamaría la “música del diablo”. (Ver entrada)
No es cierto, en la década anterior al menos dos cantantes de lo que se ha dado llamar Blues clásico, introducen a su Satánica Majestad en dos temas. Clara Smith es muy explicita al respecto cuando graba en 1924, Done Sold My Soul to the Devil (And My Heart's Done Turned to Stone) y la maravillosa e irrepetible Bessie Smith nos regala poco tiempo después este magistral Devil's Gonne Git You.  

Es cierto que en muchos casos se trata de un diablo circunstancial, nacido del desengaño amoroso. Puede ser tu propio amante al que le descubres cierto olor a azufre, puede ser un jefe o un capataz que te abruma con su autoritarismo y brutalidad o puede ser el individuo al que quieres enviar a aquellos que te han hecho daño. Robert Johnson es más directo y su cercanía a Satán le permite tratarlo con amistosa familiaridad (Ver entrada
El problema básico de aquellos hombres y mujeres de blues era ese espiritu religioso con el que vivían cada momento de su vida. La religiosidad negra nacida en el horripilante entorno de la esclavitud, tenía cierto tono apocalítico, era maniquea y estaba exenta de matices. O llevabas una vida cristiana, como Dios manda, o te condenabas a la mala vida y por tanto te convertías en discípulo del diablo. Los primeros tenian los espirituales y el gospel. Los segundos el blues. Por eso no es raro encontrar en los viejos tiempos a aquellos grandes bluesmen que en un momento dado deciden renegar de su música "pecaminosa" y acabar convertidos en propagandistas de la fe y la música espiritual. Son House, al que dediqué una entrada hace un tiempo, es un vivo ejemplo de ellos.
Pero vayamos a otros no tan conocidos y que también han coqueteado con el Señor de las Tinieblas. Es el caso de Lonnie Johnson, pionero de la  guitarra en el género y antiguo miembro de los Hot Five de Louis Amstrong, que en 1938 graba su Devil's Got the Blues.  
Otis Spann, por su parte, pertenece a una generación bastante posterior ya que su carrera gira alrededor de la compañia Chess de Chicago convirtiéndose en uno de los referente pianísticos de aquella generación que tenía a Muddy Waters como sumo hacedor. Acompaño a éste hasta 1968 y luego comenzó su carrera en solitario. De la década anterior es su arrollador Must Have Been the Devil 
James Cotton es uno de los más grandes armonicistas del blues y como Otis Spann antiguo componente del grupo de Moody Waters. En este Dealing with the Devil, uno no sabe si admirar más la fuerza y patetismo que se traspasa de su voz ronca o la brillante nitidez de su instrumento. Para terminar un jazzman de lujo tocando un viejo tema de blues. El título no admite segundas interpretaciones: Devil's Blues. Se trata de Charles Mingus en su disco del 1974, Changes One. El que canta es el saxo tenor del grupo, George Adams y con el feroz contrabajista también está su inseparable batería Danny Richmond, el trompetista Jack Walrath y el pianista Don Pullen.

14 feb. 2013

La magia de un título

 
Hace unos meses  María, entusiasta bloguera desde El saco de mis pensamientos, me recordaba que Dancing in The Dark era -aparte de la pieza que había puesto yo en la entrada, Cosecha del 58- un célebérrimo tema de Bruce Springsteen. Lo recordáis ¿no?. ¿Quién se puede olvidar de uno de esos exorcismos épicos del Boss azuzándonos a quemar las naves y salir huyendo a cualquier parte? Estaba en el mítico Born in the U.S.A. de 1984 y dejó detrás una larga estela de laureles: primeros puestos en las listas, Grammy, MTV, Canción del Año etc..
Debe haber algo muy especial detrás de un título como Dancing in the Dark. Le decía entonces a María que aparte de los dos nombrados, hay otros dos temas que siendo diferentes llevan la misma cabecera. Debo rectificar no son dos, al menos hay cinco. Allmusic enumera además 59 discos con ese nombre. En otros ámbitos, hay tres peliculas de cine- uno con Antonio Banderas y Angelina Jolie-, cinco capítulos de series de televisión, y hasta cinco novelas tituladas Dancing in the Dark. 
El motivo no lo sé, pero no me resisto a pensar que algo aportó esta escena de uno de los mejores musicales nacidos en Hollywood.

Volvamos al principio. El standard Dancing in the Dark fue compuesto por Arthur Schwartz y el letrista Howard Dietz para una revista de Broadway de 1931 titulada The Band Wagon. La escena anterior, con Fred Astaire y Cyd Charisse, forma parte de la versión cinematográfica de 1953 titulada en España Melodías de Broadway. Parece ser que Arthur Schwartz, ya escrita la obra, sintió la necesidad de añadir una pieza lenta que sirviese para darle a la composición un tono más sofisticado y misterioso. Misterio y sofisticación a la que no era nada ajeno Duke Ellington, uno de los artistas más entusiastas de esta pieza tantas veces interpretada.  

A riesgo de que a alguien le de el tembleque, es casi imposible olvidarnos de la conmovedora versión de Charlie Parker en su denostado disco, al menos durante mucho tiempo, Charlie Parker with Strings. 
Por último, así canta la pieza, la reina de  las baladas de jazz, Sarah Vaughan, en una interpretación en directo de 1957.
 
Creo que lo he conseguido, a pesar de mis pobres palabras, la magia todavía sigue en pie. Además, y aunque no creo en esas cosas,  hoy es 14 de febrero. A quien Dios se la dé, San Valentín se la bendiga.

6 feb. 2013

Jazz con chelo

¿Por qué un instrumento de tanta personalidad y prestancia como el violonchelo ha dejado tan poca huella en la música popular y concretamente en el jazz? Es probable que haya motivos musicales y culturales para ello. Entre los primeros habría que contar con el hecho de que el nicho musical en el que podría entrar el chelo ya estaba ocupado por el contrabajo en la sonoridad grave y por otros instrumentos de cuerda en la sonoridad alta. Entre los segundos, ese rechazo puede que proceda de la excesiva vinculación del violonchelo con la música sinfónica occidental en la que siempre ha sido un instrumento prototípico. Los jazzmen siempre han querido marcar distancias con la música clásica. Es famosa la anécdota que cuenta Charles Mingus en su enloquecida autobiografía, cuando comenta que abandonó el chelo  tras decirle un amigo que aquel instrumento era asunto de blancos y no para que lo tocasen los negros, cosa que el adolescente y antirracista Mingus se tomó al pie de la letra. 
 El chelo entró en el jazz de la mano del contrabajo, tocado en pizzicato y por lo tanto sin arco. Las dos figuras pioneras fueron Harry Babasin y Oscar Pettiford dos instrumentistas importantes -en el caso de Pettiford  decisiva- en la evolución del contrabajo moderno pero que necesitaban la clase de experiencias que les  podía proporcionar un instrumento tan melódico como el violonchelo.  
Muchos otros grandes contrabajistas han explorado las posibilidades del chelo. Es el caso de Ray Brown, Sam Jones o Ron Carter. Este último fue de los primeros de usar el arco como lo demuestra en compañía de Eric Dolphy y Mal Waldron en su debut discográfico como solista.
 
Fred Katz fue uno de los primeros chelistas de jazz en estado puro.  Alumno de Pau Casals, tenía por tanto una sólida formación clásica antes de pasarse al jazz y convertirse en miembro del grupo de Chico Hamilton allá por los 50.  Pronto empezó a descollar por su labor compositiva y se encargó de la banda sonora en varias películas de Roger Corman. Aquí lo vemos en un concierto con el grupo de Hamilton en el Festival de Montreaux de 1989.

Es imposible cerrar una entrada sobre el violonchelo en el jazz sin citar a Abdul Wadud. Se trata de un músico clave en la incorporación del  instrumento a la nueva música improvisada free o cercana al free, nacida en los 60. Sus esfuerzos para alejarlo de su sonoridad convencional, buscando tonalidades exóticas, no le han impedido participar en experiencias sinfónicas tradicionales. En esta pieza vemos a Wadud en compañía del pianista Anthony Davis y del  flautista James Newton

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