Sí, no deja de ser paradójico y un tanto aleccionador que el gran irreverente del jazz haya realizado un tema que los años han convertido en un clásico del canon jazzístico. Del más ortodoxo incluso. Ese que respeta la progresión de acordes o el equilibrado desarrollo de los compases. Aquel que podía representar el Modern Jazz Quartet de John Lewis en aquellos años.
Es indudable, hay elegancia, clasicismo y precisión donde antes había desgarro y expresionismo. Vuelven las formas musicales a ocupar sus sitio y se sustituyen las ambigüedades por el rigor.
El jazz lo admite todo e incluso que Lonely Woman se convierta en lo que pudiera ser una banda sonora para una serie de televisión cuando lo hace suyo un maestro tan desbordado como desbordante llamado, John Zorn.
Hay una interpretación muy interesante de Branford Marsalis en sus disco de 1987, Random Abstract. Es muy larga, 16 minutos, muy lenta, morosa y sumamente delicada. Merece la pena para quien tenga tiempo e interés.
En fin, que hay que volver a los creadores del tema. Aquel elenco poderoso formado por el propio Ornette junto a Don Cherry, Billy Higgins y el contrabajista Charlie Haden, el único protagonista en esta versión en solitario.
En una entrevista con el filósofo francés, Jacques Derrida, Ornette Coleman contó que antes de ser un músico reconocido trabajaba en unos grandes almacenes y un día, mientras comía su almuerzo, vio en una pared una pintura que le conmovió por su aparente contradicción. Retrataba a una chica bellísima, con todo la hermosura física que puede desear una mujer, y sin embargo tenía en su rostro una expresión triste que revelaba una especie de intenso aislamiento con respecto a su entorno y quizás al propio mundo. Cuando el músico llegó a casa se sintió apremiado a componer este tema.

