Mostrando entradas con la etiqueta Shelly Manne. Mostrar todas las entradas
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28 dic 2012

Revolviendo en el 2012

Siendo esta es mi última entrega del 2012, he hecho un pequeño revoltijo tomando como punto de partida  las entradas, que han sido más populares este año.
No os asustéis, soy demasiado escéptico respecto a listas y esas zarandajas, al  menos en un espacio donde todo es aleatorio y está sujeto a factores tan diversos como el tiempo en que una entrada permanece "en cartel", la variedad de las etiquetas, el conocimiento de los personajes expuestos, lo llamativo de los títulos y hasta el atractivo de la ilustración que la encabeza. Además no quiero volver a reproducir nada de lo ya expuesto con anterioridad.
Mi pretensión es simplemente ofrecer nuevos sonidos de los mismos grupos o temáticas que tuvieron su tiempo en este blog. 

No siempre ha sido posible. Ha habido dos entradas que a pesar de su gran número de visitas  son imposibles de ampliar. Ese es el caso de la miscelánea titulada Sin orden ni concierto publicada el 12 de junio o de Canciones y susurros dedicada al gran maestro de la radio musical española, Angel Álvarez y al que el es imposible "enjaular" en un tema sin traicionar todo lo que representaba.
Quería ofrecer cinco temas, en orden inverso al seguimiento de las entradas con las que se relacionan, pero la suerte por una vez ha vuestra jugado en favor de vuestra paciencia para conmigo: en el último vídeo intervienen juntos los protagonistas de las dos entradas más populares de este año. 

Si otra cosa no acontece, nos vemos en el 2013.    

Feliz año a todos.

Coloso en el 58 (18-07-2012)
Fútbol y música: ¿una extraña pareja? (2/07/2012)
Tornado de emociones (11/10/2012)
Un último eureka por José James (30-7/2012) 
y cha...cha...chan...nuestro número 1
Desde el imperio del sol rugiente (10/8/2012)

18 jul 2012

Coloso en el 58

 


Dice un autor francés que si John Coltrane limpiaba su alma mediante la interpretación, Sonny Rollins necesita el alma limpia para poder tocar. De ahí sus constantes idas y venidas a la búsqueda de su propia pureza. 
Cuando pienso en Rollins se me viene a la cabeza la teoría de la unificación de fuerzas, esa hipótesis de la física donde se fundirían las cuatro energías primordiales que intervienen en el universo. Quizás la comparación suene algo disparatada pero también en Rollins hay una necesidad de unificación de sus propias energías musicales. A ello consagró su vida musical que por su naturaleza estaba condenada a una aparatosa y al mismo tiempo maravillosa dispersión. Creo que no lo consiguió. Sus temas y sus improvisaciones siempre han sido un collage de elementos aparentemente contradictorios. Pero pienso que su fracaso ha sido su mayor logro. Coltrane miraba fuera de si mismo hacia un mundo de espiritualidad trascendente y quizás lo tenía más fácil. Sonny estaba condenado a mirarse a si mismo y por lo tanto nunca pudo sentirse satisfecho. 



1958 es otro año agitado en la vida artística de Sonny Rollins. Habían pasado los tiempos de sus colaboraciones con Monk o Miles Davis, cuando compuso esa triada de temas mágicos: Airegin, Oleo y Doxy. También había pasado el tiempo de su huida a Chicago para alejarse de la heroína, aquel tiempo en que participó activamente en el grupo de Clifford Brown y Max Roach sustituyendo a Harold Land. Atrás también quedaba su célebre Saxophone Colossus y sus actuaciones en el Village Vanguard de Nueva York. Ahora se sentía con ganas de denunciar que su éxito personal no tenía demasiado valor si cerca de él, gente de su propia raza sufría la violencia de la discriminación y el maltrato. En febrero de ese año graba Freedom Suite junto a Oscar Pettiford y Max Roach. El tema que daba comienzo al álbum duraba 19 minutos y era un manifiesto por la libertad artística y los derechos humanos. A la compañía discográfica no le gustó y lo retiró del mercado, para luego reeditarlo con el nombre menos comprometido de Shadow Waltz. El tema anterior y el siguiente son dos standards de ese disco.

  

Tras tocar en el Festival de Newport de ese año con un nuevo trío, Rollins participa en una sesión de grabación con una gran banda de metales denominada Big Brass y donde participan nombres tan conocidos como Nat Adderley, Clark Terry y su nuevo batería Roy Haynes. Sin embargo, para mí lo más sobresaliente del disco es una nueva versión en solitario de Body and Soul que nos hace pensar en aquella clásica de Coleman Hawkins aunque aderezada de ese sensualidad escondida que se halla en cada acorde recreado por Sonny.


En Otoño, Sonny Rollins viaja a California y se hace acompañar por el vibrafonista Victor Feldman, el pianista Hampton Hawes, el guitarrista Barney Kessel, el contrabajo de Leroy Vinnegar y la batería de Shelly Manne, o sea toda una constelación de estrellas de la Costa Oeste, para un disco titulado Sonny Rollins and the Contemporary Leaders. Fue el último disco en estudio de Sonny Rollins durante varios años. El último antes de su gira europea. El último antes de refugiarse en las sombras, en compañía de las alborotadas gaviotas y el murmullo del tráfico, bajo el puente de Willamsburg. Era necesario morir para renacer de nuevo.

 

Y la actuación estelar de:

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