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11 dic 2013

Como una celebración interminable

La sobresaturación informativa que se ha producido tras la muerte de Mandela ha sido realmente aterradora y sin embargo uno tiene la sospecha de que no se ha hecho justicia al extraordinario luchador sudafricano. Ayer mismo a raíz del comentario de un amigo escribí ésto en el Facebook
"Lo que hizo Mandela fue una estrategia de supervivencia para evitar una guerra civil contra los afrikaners que estaban armados hasta las cejas y los zulús que habían colaborado con el régimen racista y querían acabar con el CNA. Él se movió con habilidad, pero nunca llegó al entreguismo ya que era lo que las circunstancias demandaban. El uso de su figura despojado de su lucha y convertido en nuevo santo laico para justificar los crímenes de las élites políticas mundiales, de todas sin excepción, es el precio que debemos pagar por su ejemplo. Pero eso ya es muy viejo, empezó en Jesucristo y se prolongó con Francisco de Asís y los que vinieron después hasta Luther King o Gandhi"  
Es hermoso que mucha de la música que se ha hecho en favor del ídolo tenga ese aire festivo y bailable. Quizás todo empezó con esa mítica pieza, omnipresente en estos días, creada por Jerry Dammers exlider de The Specials y fundador de su continuación en el espacio/ tiempo, The Specials AKA. Si queréis saber como se gestó el tema y sus consecuencias es muy recomendable este artículo de Diego A. Manrique en la edición de hace dos días de El País
 

Puede filmar Clint Eastwood lo que quiera e intentar tranquilizar la mala conciencia de la comunidad blanca sosteniendo que la unidad del pueblo sudafricano se produjo tras la final de un campeonato mundial de rugby, un deporte que sigue siendo coto exclusivo de una raza, pero no es cierto. Mucho antes estuvo la música. El pueblo sudafricano es lo que es gracias a la música.
 

En los 50, cuando la política del apartheid estaba empezando a demostrar su despiadada criminalidad, resurgía la cultura negra y su música en un inmenso guetto a las afuera de Johannesburgo. Se llamado Sophiatown y allí un inquieto montón de chicos, amantes de la música, creó el primer grupo de jazz africano, The Jazz Epistles. Un musical, sobre un boxeador sudafricano, fue su gran oportunidad de triunfar dentro y fuera de su país.
 

Fue todo demasiado efímero. La espantosa represión, generalizada a partir de 1960, acabo con Sophiatown y todo aquel incipiente oasis musical y obligó a sus más conocidos representantes- Hugh Masekela, Miriam Makeba, Chris McGregorAbdullah Ibrahim, Jonas Gwangwa o Kippie Moeketsi a exiliarse al extranjero.
Los "domesticadores" blancos eran muy ingenuos si creían que podían encauzar la  incontenible catarata de la música sudafricana, nacida en la precariedad de guetos y arrabales, pero triunfante, luminosa y alegre. Como una celebración interminable.

8 abr 2010

Los mundos de Angelique

Creo que hay pocas dudas al respecto, si hay una mujer que puede y debe ocupar el trono de “Mama Africa” que dejó vacante hace año y medio la gran Miriam Makeba, es Angelique Kidjo.



Logozo (1992), en el que aparece este maravilloso We We, fue el álbum que consagró internacionalmente a esta artista de Benín que ya tenía por entonces dos discos publicados. Uno en su propio país de donde salió en 1982 y otro en Francia, su tierra de adopción, grabado dos años antes y editado solo para territorio africano.
Angelique es una mujer que canta en cualquier idioma, aunque su lengua materna es el fon y no tiene reparos en acercarse a cualquier género musical: afrobeat,
zouk, blues, reggae, jazz, funk, gospel e incluso éste...


En sus discos han participado grandes músicos. En Logozo se hizo acompañar por Bradford Marsalis y ha actuado con gente como Cassandra Wilson, Buddy Guy, Alicia Keys, Joss Stone o Carlos Santana con el que llegó a interpretar en directo uno de sus temas más conocidos: Adouma



Tampoco ha dudado en versionear grandes temas de la música popular. Hasta cierto punto es normal que una niña de Quidah, el lugar donde se dice que nació el vudú, no se resistiese a cantar un tema capital del legendario Jimi Hendrix:



Instalada en la cresta de la ola musical occidental, Angelique Kidjo no ha dejado de preocuparse por la suerte de sus compatriotas, siendo una activa militante en favor del pueblo africano y creando una fundación de apoyo a la infancia de aquel continente. Otra forma de apoyo fue su disco Fifa de 1996, grabado con el concurso de decenas de músicos, cantantes y bailarines de su país y luego remezclado con instrumentación electrónica. Del disco me quedo, en cambio, con una preciosa balada, casi una canción de cuna dedicado a su hija. Con el mismo título que otro famoso de Coltrane: Naima.


En su último album, Oyo (2010), Angelique entra a fondo en lo que podríamos llamar su repertorio musical-sentimental. Para ello cuenta con colaboradores de la talla de Dianne Reeves, Roy Hargrove o Christian McBride con los que interpreta temas de Aretha Franklin, Curtis Mayfield, Otis Redding, Miriam Makeba, James Brown o Santana. Personalemnte ne resulta irresistible el tema que abre el disco, Zelie, basado en una melodía tradicional de Togo:


31 oct 2009

Masekela



Si alguien ha tenido la oportunidad de ver la excelente película Distrito 9 ya sabe en que consistían aquello guettos de África del Sur en el que el gobierno racista “contenía” a la población no blanca. Desde la Primera Guerra Mundial y hasta principio de los años 60 el más importante de ellos era Sophiatown, un lugar cercano a Johannesburgo que se convirtió en el centro de la cultura negra sudafricana.
Sophiatown constituía una isla de libertad, un centro de poder cultural, vivo y deslumbrante que desafiaba al genocidio en el que estaba empeñado el gobierno del Partido Nacional. Había escritores, pintores y sobre todo buena música. Una música que combinaba el swing instrumental con los ritmos africanos, especialmente de origen zulú. En los 60 este género mixto jazz-zulú se terminaría llamándose Mbaqanga:


El arzobispo anglicano Trevor Huddleston fue uno de los más grandes luchadores contra el apartheid. Desde Sophiatown fomentaba el desarrollo de los jóvenes para evitar que fueran presa fácil de la delincuencia, mientras qye en el campo político intentaba combatir la arbitrariedad del régimen desde su condición de inglés, pastor y blanco. En aquel “Harlem africano” creció Hugo Rampolo Masekela y allí el padre Trevor le regaló su primera trompeta:


Masekela entró con 14 años en la primera orquesta de jóvenes de Sudáfrica, grupo patrocinado por el propio arzobispo. Era un niño precoz y ya tenía alguna experiencia cantando y tocando el piano. Luego sus inquietudes musicales le hicieron interesarse por el jazz más progresista, el bebop, que empezó a desarrollarse en aquel país a través del Sophiatown Modern Jazz Club. Conoció entonces a Dollar Brand (que al hacerse muslmán pasaría a llamarse Abdullah Ibrahim), Kippie Moeketsi, Makaya Ntshoko o Jonas Gwangwa con los que en 1959 fundaría quizás el primer grupo de jazz africano estable y sin duda, el primero que hizo bebop: The Jazz Epistles.

La gran oportunidad para todos estos muchachos, entre los que estaba la gran Miriam Makeba, vino a través del musical King Kong, historia del boxeador negro Ezequiel Diamini, de gran éxito dentro como fuera del país,  tras su representación en los escenarios londinenses:



En 1960, a raíz de la matanza de Sharpeville, el régimen se quitó su careta formalista y enseñó al mundo su cara más siniestra. Asesinatos, detenciones masivas, deportaciones y destrucción definitiva de Sophiatown convertida tras el paso de las excavadoras, en una exclusiva urbanización blanca. Masekela, su esposa Miriam Makeba y el resto de sus compañeros tuvieron que huir. El trompetista marchó a Gran Bretaña y luego a Estados Unidos donde contactó con los grandes nombres del funky-jazz y la fusión de aquel período. En 1968 consigue un éxito memorable con la alegre Grazing in the Grass, entrando en las listas de éxito donde alcanzó una posición inaudita para un instrumental de los 60:



En los 80, tras una etapa de adicciones múltiples, renació su interés por los asuntos y la música de su tierra. Colaboró en las causas antipartheid- como en el famoso disco Graceland de Paul Simon-, con otros músicos afrianos como Fela Kuti e incluso participó en la puesta en marcha de un estudio móvil para emitir música desde Botswana hacia su oprimido país natal. En los 90, con la caída del régimen racista vuelve a su patria, escribe su biografía, sigue grabando su música y pasa a formar parte de la mitología vital de la nueva y democrática Sudáfrica.

Y la actuación estelar de:

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