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8 jun 2010

Celebrando a La Tana


No sé lo que hay detrás de tu voz.
Nunca te vi, vos sos los discos
Que pueblan por las noches este departamento de París.
Te busqué en Buenos Aires, pero sabés seguro
Cuántos espejos de mentira te hacen pifiar la esquina,
Como después de andar de bache en bache
Acabás con ginebra en un boliche
Murmurando la bronca del despiste.
No sé, ya ves, ni como sos,
Tengo las fotos de tus discos, gente
Que te conoce y te escribe,
Paredes de palabras con glicinas
Y vos detrás, inalcanzable siempre.
(Y esto que digo Susana
es también la Argentina donde todo
puede esconder la estafa si no sabemos ser
como el farol del barrio, o como aquí sus tangos,
vigías de la noche y la esperanza).
(Para celebrar a Susana Rinaldi - Julio Cortazar - 1971)




El tango vivió su momento más crítico a finales de los 50 y principios de los 60, cuando se consumía regurgitando canónicamente las viejas melodías de antaño. Entonces surgió de los escombros el bandoneón prodigioso de Astor Piazzolla y la voz elegante, dramática y precisa de Susana Rinaldi.
Astor era un músico de larga carrera que encontró su nuevo amanecer en París al entró en contacto con los valores del nuevo jazz europeo. El tango-jazz lo apartó de la ortodoxia lo acercó a una música más internacionalizada y por ello sufrió el rechazo de los tradicionalistas. La Tana aunque con estudios musicales previos, procedía de la interpretación y tenía cierta experiencia profesional en teatro y TV. Con 31 años, en 1966, le surgió la posibilidad de hacer un disco de tangos y no la desaprovechó.




La voz timbrada, sofisticada y profunda de Susana Rinaldi era una antítesis de la voces masculinas y arrabaleras que habían predominado en el tango cantado. Esa forma nueva exigía letras diferentes, más complejas, menos misóginas con autores relativamente nuevos de la talla de Eladia Blázquez -tanto el tema anterior como el siguiente son de ella- o consagrados como Homero Manzi.



Susana tuve un gran éxito popular con sus discos de los 60 aunque nunca fue aceptada por los puristas. Ellos pensaban que la cantante había despojado al tango de sus connotaciones tradicionales acercándolo al teatro con su énfasis y sentido del melodrama. Piazolla y Renaldi estaban unidos por el rechazo, era lógico que grabaran temas juntos, como éste. 


El compromiso moral de La Tana era incompatible con el régimen sangriento que se instaló en Argentina a finales de los 70. Marchó a París y prosiguió su vida artística en Europa siendo emblema del tango en los años de hierro. Su vuelta a Argentina recuperada la democracia, no le hizo cambiar su opción por un tango con matices cabareteros, lo que contribuyó a mantenerla en el centro de la diana de los amantes del estilo antiguo. Ahora a sus 75 años es una de esas majestuosas cantantes latinoamericanas que han marcado una época en su género musical. Lejos quedan ya los tiempos de la figura solitaria en un paisaje en penumbras.
Un tema maravillosamente rompecascarones para terminar. Fue compuesto en 1955 con letra del poeta Homero Expósito y música de Roberto Nievas Blanco.

2 ene 2010

Entre textos, entre músicas, entre años




"Esa difícil costumbre de que esté muerto. Como Bird, como Bud, he didn't stand the ghost of a chance, pero antes de morir dijo su nombre más oscuro, sostuvo largamente el filo de un discurso secreto, húmedo de ese pudor que tiembla en las estelas griegas donde un muchacho pensativo mira hacia la blanca noche del mármol. Allí la música de Clifford ciñe algo que escapa casi siempre en el jazz, que escapa casi siempre en lo que escribimos o pintamos o queremos. De pronto hacia la mitad se siente que esa trompeta que busca con un tanteo infalible la única manera de rebasar el límite, es menos soliloquio que contacto. Descripción de una dicha efímera y difícil, de un arrimo precario: antes y después, la normalidad. Cuando quiero saber lo que vive el shamán en lo más alto del árbol de pasaje, cara a cara con la noche fuera del tiempo, escucho una vez más el testamento de Clifford Brown como un aletazo que desgarra lo continuo, que inventa una isla de absoluto en el desorden. Y después de nuevo la costumbre, donde él y tantos más estamos muertos."
(JULIO CORTAZAR - LA VUELTA AL DÍA EN OCHENTA MUNDOS) 

 

Con mejor sonido:





Now's the time
nada
más nada
más que las sienes ardiendo
balcón hacia la noche navegantes
sin aguja imantada
rojas constelaciones con nombres de guerreros
la insufrible presión de max roach
conciso duro enérgico porque sí
porque hay niebla porque riegan y el dueño
ha de cerrar el club y todos los muertos.
(ANTONIO MARTÍNEZ SARRIÓN - PAUTAS PARA CONJURADOS)
 

17 oct 2008

Capitán Thelonious


"En Ginebra de día está la oficina de las Naciones Unidas, pero de noche hay que vivir y entonces de golpe un afiche en todas partes con noticias de Thelonious Monk y Charles Rouse, es fácil comprender la carrera al Victoria May para fila cinco al centro, los tragos propiciatorios en el bar de la esquina, las hormigas de la alegría, las veintiuna que son interminablemente las diecinueve y treinta, las veinte, las veinte y cuatro, el tercer whisky, Claude Tarnaud que propone una fondue, su mujer y la mía que se miran consternadas pero después se comen la mayor parte, especialmente el final que siempre es lo mejor de la fondue, el vino blanco que agita sus patitas en las copas, el mundo a la espalda y Thelonious semejante al cometa que exactamente dentro de cinco minutos se llevará un pedazo de la tierra como en Héctor Servadac, en todo caso un pedazo de Ginebra con la estatua de Calvino y los cronómetros de Vacheron & Constantin.
Ahora se apagan las luces, nos miramos todavía con ese ligero temblor de despedida que nos gana siempre al empezar un concierto (cruzaremos un río, habrá otro tiempo, el óbolo está listo) y ya el contrabajo levanta su instrumento y lo sondea, brevemente la escobilla recorre el aire del timbal como un escalofrío, y desde el fondo, un oso con un birrete entre turco y solideo se encamina hacia el piano poniendo un pie delante de otro con un cuidado que hace pensar en minas abandonadas o en esos cultivos de flores de los déspotas sasánidas en que cada flor hollada era una lenta muerte de jardinero. Cuando Thelonious se sienta al piano toda la sala se sienta con él y produce un murmullo colectivo del tamaño exacto del alivio, porque el recorrido tangencial de Thelonious por el escenario tiene algo de riesgoso cabotaje fenicio con probables varamientos en las sirtes, y cuando la nave de oscura miel y barbado capitán llega a puerto, la recibe el muelle masónico del Victoria May con un suspiro como de alas apaciguadas, de tajamares cumplidos. Entonces es Pannonica, o Blue Monk, tres sombras como espigas rodean al oso investigando las colmenas del teclado, las burdas zarpas bondadosas yendo y viniendo entre abejas desconcertadas y hexágonos de sonido, ha pasado apenas un minuto y ya estamos en la noche fuera del tiempo, la noche primitiva y delicada de Thelonious Monk.
Pero eso no se explica: A rose is a rose is a rose. Se está en una tregua, hay intercesor, quizá en alguna esfera nos redimen. Y luego, cuando Charles Rouse da una paso hacia el micrófono y su saxo dibuja imperiosamente las razones por las que está ahí, Thelonious deja caer las manos, escucha un instante, posa todavía un leve acorde con la izquierda, y el oso se levanta hamacándose, harto de miel o buscando musgo propicio a la modorra, saliéndose del taburete se apoya en el borde del piano marcando el ritmo con un zapato y el birrete, los dedos van resbalando por el piano, primero al borde mismo del teclado donde podría haber un cenicero y una cerveza pero no hay más que Steinway & Sons, y luego inician imperceptiblemente un safari de dedos por el borde de la caja del piano mientras el oso se hamaca cadencioso porque Rouse y el contrabajo y el percusionista están enredados en el misterio mismo de su trinidad y Thelonious viaja vertiginosamente sin moverse, pasando de centímetro en centímetro rumbo a la cola del piano a la que no se llegará, se sabe que no llegará porque para llegar le haría más tiempo que a Phileas Fogg, más trineos de vela, rápidos de miel de abeto, elefantes y trenes endurecidos por la velocidad para salvar el abismo de un puente roto, de manera que Thelonious viaja a su manera, apoyándose en un pie y luego en otro sin salirse del lugar, cabeceando en el puente de su Pequod varado en un teatro, y cada tanto moviendo los dedos para ganar un centímetro o mil millas, quedándose otra vez quieto y como precavido, tomando la altura con un sextante de humo y renunciando a seguir adelante y llegar al extremo de la caja del piano, hasta que la mano abandona el borde, el oso gira paulatino y todo podría ocurrir en ese instante en que le falta el apoyo, en que flota como un alción sobre el ritmo donde Charles Rouse está echando las últimas vehementes largas pinceladas de violeta y de rojo, el oso se balancea amablemente y regresa nube a nube hacia el teclado, lo mira como por primera vez, pasea por el aire los dedos indecisos, los deja caer y estamos salvados, hay Thelonious capitán, hay rumbo por un rato, y el gesto de Rouse al retroceder mientras desprende el saxo del soporte tiene algo de entrega de poderes, de legado que devuelve al Dogo las llaves de la serenísima.
(Julio Cortázar. La vuelta al día en ochenta mundos - 1967)


13 sept 2008

Esto ya lo toqué mañana


"
Johnny estaba en gran forma en esos días, y yo había ido al ensayo nada más que para escucharlo a él y también a Miles Davis. Todos tenían ganas de tocar, estaban contentos, andaban bien vestidos (de esto me acuerdo quizá por contraste, por lo mal vestido y lo sucio que anda ahora Johnny), tocaban con gusto, sin ninguna impaciencia, y el técnico de sonido hacia señales de contento detrás de su ventanilla, como un babuino satisfecho. Y justamente en ese momento, cuando Johnny estaba como perdido en su alegría, de golpe dejó de tocar y soltándole un puñetazo a no sé quién dijo: "Esto lo estoy tocando mañana", y los muchachos se quedaron cortados, apenas dos o tres siguieron unos compases, como un tren que tarda en frenar, y Johnny se golpeaba la frente y repetía: "Esto ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana", y no lo podían hacer salir de eso, y a partir de entonces todo anduvo mal, Johnny tocaba sin ganas y deseando irse (a drogarse otra vez, dijo el técnico de sonido muerto de rabia), y cuando lo vi salir, tambaleándose y con la cara cenicienta, me pregunté si eso iba a durar todavía mucho tiempo(...)"
(Julio Cortazar - El perseguidor - 1967)



Quinteto de Charlie Parker y Miles Davis en un disco de 1947 con dos temas de éste último: el clásico Milestones y Half Nelson.
Charlie Parker toca el saxo tenor.
Miles
no ha cumplido los 21 años
, pero acompaña a Bird en el liderazgo del grupo.

Y la actuación estelar de:

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