
Un día en que el alquiler estaba vencido, mamá recibió una notificación en la que le informaban que nos pondrían de patitas en la calle. Corría lo peor de un crudo invierno y ella ni siquiera estaba en condiciones de andar. (...)
Bajé por la Séptima Avenida desde la calle 139 hasta la 133, fracasando en todos los sitios donde entré a pedir trabajo. En esa época, la 133 era la calle del swing, como más tarde intentó serlo la calle 52. Recorrí todos los bares de trasnoche, los de horarios regulares, restaurantes y cafeterías a docena por manzana.
Al llegar a Pod's and Jerry's estaba desesperada. Entré y pregunté por el patrón. Creo que hablé con Jerry. Le dije que era bailarina y quería que me probara. En realidad solo sabía dos pasos (...)
Jerry llamó al pianista y me dijo que bailara. Empecé y resulto deplorable. Repetí sin parar mis dos pasos hasta que empezó a chillarme y me dijo que me largara, que no le hiciera perder el tiempo.
Estaban a punto de sacarme de una oreja, pero yo seguía rogándole que me diera trabajo. Por último el pianista se apiadó de mí, apago el cigarrillo, levantó la vista y me preguntó:
- ¿Sabes cantar, chica?
- Claro que sé cantar, eso no es nada del otro mundo -respondí.
Yo había cantado toda mi vida, pero disfrutaba tanto con ello que nunca se me ocurrió que sirviera para ganra dinero. Además, aquellos eran los tiempos del Cotton Club y de las gatitas glamurosas que lo único que hacían era mostrarse atractivas, menearse un poco y recoger el dinero de las mesas.
Yo creía que esa era la única forma de ganra dinero, y necesitaba cuarenta y cinco pavos para evitar que a la mañana siguiente dejaran a mamá a la intemperie. Entonces no se oía hablar de cantantes, salvo que uno fuera Paul Robeson, Julian Bledsoe o alguien así.
Le pedí al pianista que tocara Trav'lin All Alone, lo más cercano a mi estado de ánimo.
(LADY SING THE BLUES- BILLIE HOLIDAY)