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10 mar 2015

Lonely Woman: el clásico de los irreverentes

Es sabido que Ornette Coleman fue el gran dinamitero del jazz a finales de los 50. Su concepción rompía con las viejas armazones musicales para buscar una sonoridad que siendo nueva conectaba con nuestra propia emotividad profunda y primordial. Ese era su secreto aunque entre sus seguidores prevalecía la habitual plaga de modernos, enterados y snobs. Su música era de una expresividad punzante y desgarradora lejos de la racionalidad intelectualoide y clasista que buscaba aquel público blanco ansioso de experiencias nuevas. Basta con escuchar, quizás de nuevo, aquellos discos primerizos de Ornette Coleman y su grupo. Por ejemplo cuando oímos su más celebérrimo tema, aquel con el que se abría su legendario tercer disco.

Sí, no deja de ser paradójico y un tanto aleccionador que el gran irreverente del jazz haya realizado un tema que los años han convertido en un clásico del canon jazzístico. Del más ortodoxo incluso. Ese que respeta la progresión de acordes o el equilibrado desarrollo de los  compases. Aquel que podía representar el Modern Jazz Quartet de John Lewis en aquellos años.


Es indudable, hay elegancia, clasicismo y precisión donde antes había desgarro y expresionismo. Vuelven las formas musicales a ocupar sus sitio y se sustituyen las ambigüedades por el rigor.
El jazz lo admite todo e incluso que Lonely Woman se convierta en lo que pudiera ser una banda sonora para una serie de televisión  cuando lo hace suyo un maestro tan desbordado como desbordante llamado, John Zorn.


Hay una interpretación muy interesante de Branford Marsalis en sus disco de 1987, Random Abstract. Es muy larga, 16 minutos, muy lenta, morosa y sumamente delicada. Merece la pena para quien tenga tiempo e interés.


En fin, que hay que volver a los creadores del tema. Aquel elenco poderoso formado por el propio Ornette junto a Don Cherry, Billy Higgins y el contrabajista Charlie Haden, el único protagonista en esta versión en solitario.
 
En una entrevista con el filósofo francés, Jacques Derrida, Ornette Coleman contó que antes de ser un músico reconocido trabajaba en unos grandes almacenes y un día, mientras comía su almuerzo, vio en una pared una pintura que le conmovió por su aparente contradicción. Retrataba a una chica bellísima, con todo la hermosura física que puede desear una mujer, y sin embargo tenía en su rostro una expresión triste que revelaba una especie de intenso aislamiento con respecto a su entorno y quizás al propio mundo. Cuando el músico llegó a casa se sintió apremiado a componer este tema.

9 ago 2010

Con Berlín a cuestas




Cuando aquel joven judío miope dejó Berlín en 1933 se llevó el espíritu de la ciudad escondido en su valija. Aquel que anidaba en los teatros de variedades y cabarets de la Friedrichstrasse. El mismo que revoloteaba entre las mesas de mármol del Cafe Bauer, entre las deliciosas vitrinas de la pastelería Kranzler o en los tea-rooms del Hotel Adlon en Unter den Linden. El que tenía su sitio en los hoteles y salones de baile de Postdamer Platz y en los elegantes garitos y tiendas de Kurfürstendamm.También se llevó el que residía en las viejas tabernas del barrio judío o en los bares de Nikoliaviertel junto al Spree.
Todo se lo llevó consigo.




Se llevo consigo a los pintores de Die Brucke. A los directores de la Kammerspielfilm y del expresionismo alemán. No se olvidó de llevarse las risas de Lubitsch, la mirada glacial de Marlene y la causticidad de jóvenes cachorros como Wilder o Preminger. Se llevó a Alfred Döblin y su Alexanderplatz. A los hermanos Mann. Al fabuloso drmaturgo Max Reinhardt y a la plantilla entera de la Bauhaus, desde el último delineante hasta el mismísimo Ludwig Mies Van der Rohe.
Nada dejó atrás y por eso se llevó también a su compañero de aventuras musicales, Bertold Brecht, y a su adorada, Lotte Lenya.



Kurt Weill se lo llevó a todo y dejó un desnudo paisaje épico a las botas totalitarias.  Tenía 33 años y había compuesto tres óperas y una cantata antes de que su colaboración con Brecht le llevara al éxito triunfal de "La Ópera de los tres centavos" llevada al cine por Georg Wilhelm Pabst en 1931.



Su entente con Brecht se prolongó en dos obras más como en la extraordinaria "Grandeza y decadencia de la ciudad de Mahagonny" Aquí Lotte interpreta su siempre moderno tema principal.



Resistió lo que pudo al acoso nazi y finalmente marchó a París antes de dirigirse en 1935 a su soñada Mahagonny. Se instaló en Nueva York con el propósito de empezar de cero y aunque estaba profundamente asqueado de todo lo que le había llevado allí -rechazaba hablar en su propio idioma- intentó crear una música híbrida donde se sintetizaba su profunda cultura musical con la tradición americana. Se apoyó en grandes escritores como Ira Greshwin o Maxwell Anderson y compuso óperas, musicales e incluso alguna banda sonora para película.
Kurt Weill murió de un ataque al corazón en 1950 cuando solo tenía 50 años.
Para entonces era el más alemán de los alemanes, el más americano de los americanos.
Había alcanzado la gloria con una obra contundente, prolífica y espigada de perlas inmortales: September Song, My Ship, Lost in the Stars y la tremebunda Speak Low.

29 ago 2009

Beatrice


Tras su paso fugaz, apenas dos meses de estancia, en el quinteto de Miles Davis, el saxofonista Sam Rivers publicó en 1964 un álbum titulado Fuschia Swing Song en el que contó con la colaboración de Ron Carter y Tony Williams, a su vez antiguos componentes del quinteto del trompetista y de su amigo pianista Jaky Byard. Aunque muchos asociaban a Rivers como un tipo de la vanguardia pura cercano al Free Jazz, sorprendió a todos con un disco reposado y clásico donde destacaba en el quinto corte una balada dedicada a su propia mujer, Beatrice:


Pronto el tema, con su maravillosa melodía inicial, se incorporó al repertorio de muchos saxofonistas tenores como Stan Getz o Joe Henderson. Este último, tiene una versión extraordinaria en su disco "The State of Tenor" grabado en 1985 en el Village Vanguard. Esta es otra grabación del mismo tema, por el mismo intérprete en el que le acompañan
Al Foster a la batería y Charlie Haden al contrabajo:


Beatrice, convertida en la pieza más emblemática de su autor,
se ha hecho imprescindible en cada uno de los conciertos del hoy octogenario, pero aún activo instrumentista. Esta es su versión en directo del año 1989:


Y la actuación estelar de:

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