
"Es manifiestamente sabido, de modo incontrovertible, que Nueva Orleans es la cuna del jazz, y resulta que su creador fui yo mismo (...)
Mis aportaciones fueron muchas: fui el primer director payaso, contando cosas ocurrentes y vestido de forma llamativa, lo que hoy llaman maestro de ceremonias; fui el primero en incorporar una coral a una orquesta; fui el primero en grabar la tabla de lavar, también el contrabajo y la batería (que se suponía imposible de grabar). Inventé las matamoscas (hoy las llaman escobillas). Por supuesto, cuando me despedían o yo me marchaba surgían muchos imitadores (...).
Que el Señor nos libre de más Hitlers y Mussolinis".
(JELLY ROLL MORTON, creador del Jazz y el Stomp, Artista para Victor, Mejor Compositor de Canciones Hot del Mundo)
¿Son las palabras de un fanfarrón medio chalado o hay algo de verdad en ellas? Lo cierto es que eran parte de una carta que envió su autor a Downbeat en el año 1938 y que a pesar de su desmesura, le sirvieron para revitalizar su tambaleante carrera hasta el punto de convertirlo en el más importante portavoz y testigo de los comienzos del jazz. Así lo atestiguan las grabaciones que hizo con el celebérrimo folklorista Alan Lomax para la Biblioteca del Congreso o su disco posterior titulado "New Orleans Memorial".
No, Jelly Roll Morton no fue el creador del jazz, pero quizás fue el primero que entendió que era una música con personalidad propia, independiente de otros géneros precedentes, y como tal su primer gran compositor.
El problema con Jelly Roll es su leyenda, tan atractiva que muchas veces ha enmascarado al artista que había detrás. Inspiró novelas, apareció como personaje en películas, fue retratado de forma algo siniestra en un musical de Broadway e idealizado en coreografías contemporáneas. Era un tipo disparatado y cachondo. Un auténtico tahúr del Misisipi.
Procedía de una familia criolla, es decir una familia mulata en la acepción norteamericana del término, y siendo hijo de soltera fue educado por su bisabuela en los cultura europea que era usada por los criollos de Nueva Orleans como mecanismo de distinción social frente a la población negra de origen esclavo.
Siendo muy joven, empezó a trabajar como pianista en un burdel de Storyville, el legendario barrio del vicio de la ciudad. Eso le supuso ser expulsado de casa de bisabuela, con solo 17 años, y echarse al camino recorriendo el sur del país y llegando finalmente a Los Angeles. Era hombre de recursos y no le hizo ascos a ninguna actividad que estuviera a su alcance: fue jugador de cartas y de billar, vendedor de extraños mejunjes, proxeneta, director de hotel, cómico de vaudeville. Llevaba un diamante en los dientes y siempre le acompañaba una maleta repleta de dinero o eso decía él.
Cuando el jazz empezó a desarrollarse marchó a Chicago. Con su grupo los Red Hot Peppers en los que se incluían músicos de la categoría de Kid Ory al trombón o Johnny Saint Cyr a los instrumentos de cuerda, realizó una serie de grabaciones históricas donde demuestra su capacidad para abandonar los clichés del ragtime y ofrecer composiciones musicales muy complejas donde incluso hay cabida a cierta dosis de improvisación. Como otros músicos individualistas, su figura se desvaneció de escena en la época de las grandes big bands; resurgiendo de nuevo gracias al redescubrimiento de Lomax. Poco le duró el éxito, en 1940 salió para California intentando recuperar unos diamantes de su madrina recién fallecida. Robaron los diamantes, cayó enfermo y finalmente murió de neumonía en un hospital de Los Angeles en 1941.
Más alla de su leyenda que él alimentó con todo mimo y dedicación, su música es el mejor testimonio de su paso por el mundo. Ahí queda su huella.